La presente propuesta tiene como eje central el tema del Buen Vivir o Sumak
kawsay, que es una concepción ancestral de la vida de los pueblos andinos que se ha
mantenido en muchas comunidades y que hoy cobra vigencia en un mundo que ha
perdido su rumbo. En quichua, «Sumak» significa lo ideal, lo hermoso, lo bueno, la
realización, y «kawsay» significa la vida digna, plena, en armonía y equilibrio entre el ser
humano, la Pachamama y todos los seres que alli cohabitan.

“El Retorno del Colibrí”

Es una propuesta artística que retoma un símbolo muy arraigado en la cosmovisión de
nuestros pueblos ancestrales como lo es el colibrí, el cual está presente a lo largo y
ancho de Abya Yala y sobre el se tejen innumerables relatos y leyendas, ciñéndose a
las numerosas particularidades culturales de cada territorio.
Es una metáfora gráfica que narra evidentes contrastes de un paradisiaco mundo,
exuberante y mágico, pletórico en coloridas manifestaciones, mitologías, saberes y
visiones que hacen parte de la cotidianidad de los seres que allí cohabitan en plenitud
y armonía. Sin embargo, un día, una abrupta irrupción maléfica cambia todo y una
herida lacerante se apodera del lugar causando, tristeza, rabia y desolación en los
corazones… pasaron los años y el Gran Colibrí despierta y mira que su mundo ya no
es igual y entonces decide hacer un llamado para sanar y restablecer de nuevo lo
perdido. Convoca entonces a todos los seres que aman y les regala una alita verde
dorada y empieza su utópica misión.

Cuento EL RETORNO DEL COLIBRI

Autora: Diana Guevara
Eran tiempos muy tristes aquellos en los que en la tierra reinaba el oscuro Meirú,
dios del caos y el dolor, que todo lo enredaba y lo pintaba de falsedad para que nadie
creyera ni entendiera nada… muchos años habían pasado ya y todo era demasiado
confuso y triste, los bosques y los ríos estaban enfermos y ya ningún ave cantaba, las
personas se odiaban unas a otras y se hacían daño de maneras terribles, pues habían
perdido casi por completo el sentido del Amor y de la Verdad.
Pero existían todavía rincones no tocados por la oscuridad del perverso Meirú,
quedaban solamente dos pequeñas aldeas en los extremos de la tierra, donde aún los
amorosos sabios, ancianos de mirada serena y cabelleras blancas como la luz de la luna,
resguardaban lo poco que había sobrevivido del Amor, y tejían cantos de brillantes colores
con sus voces oceánicas para alimentarlo y que creciera y pudiera cantar de nuevo.
Estuvieron así largos años, protegidos por misteriosos encantamientos que los hacían
imperceptibles a la ira de Meirú, alimentando y cantando, buscando en el aire ecos de otros
cantos que pudieran juntar para poder algún día hacer una danza capaz de encender
nuevamente la luz en los corazones humanos, ya casi apagados por completo.
Mucho tiempo pasó, hasta que un día, los cantos llegaron a oídos de la Luna, que
una noche danzó con la tierra hasta eclipsarse, y de esa luna roja se derramaron dos
lágrimas de sangre que cayeron sobre los ojos de Meirú, que observaba la Luna enrojecida
considerándola un tributo a la sangre derramada en sus guerras; pero las lágrimas cayeron
en sus ojos y lo cegaron, llevando hacia dentro de su alma de todo el dolor y angustia que
había causado en los hombres y en los seres de la tierra desde que había tomado el poder al
traicionar a su Kawsay, su hermano alado, portador de toda la luz y el amor creador que
daba sanación y alegría.
Entonces cuando Meirú dejó de ver y sufrió todo el dolor causado, las estrellas del
cielo danzaron y el canto de los ancianos tomo una fuerza impensable y se escuchó hasta
los confines del cielo, donde hacia tanto tiempo se había ido Kawsay desterrado por su
hermano, a llorar amargamente su tristeza; pero ese canto, que era el canto del amor, llego
a sus oídos y nuevamente crecieron sus alas y brillaron como antes en una sinfonía de
colores innombrables, cesó su llanto y supo que podía regresar, que ya la mirada oscura de
su hermano traidor no podría apagar su luz y sintió en su corazón el deseo profundo de
volver a la tierra.
Al amanecer de aquella noche se observó en el horizonte una nube danzante de
colores brillantes, con un zumbido hipnótico y hermoso como el que se escuchaba en la
tierra en los tiempos de Kawsay, todos los hombre y mujeres miraron al cielo y vieron
descender miles de colibríes de colores brillantes que con su aleteo mágico iban
devolviendo la claridad y la verdad a todas las cosas y seres; entonces supieron que
retornaría el Gran Sanador, el Mensajero de Luz y de toda la Verdad que existe; sus
corazones se llenaron de dicha cuando apareció en el cielo, a la derecha del sol, la figura
imponente de Kawsay, el gran colibrí del aleteo creador, que cantaba nuevamente para
ellos, sanando sus heridas y borrando de sus memorias todo el dolor y caos que había
sembrado Meirú, que ahora, ciego, se refugiaba en las sombras del vacío para diluirse poco
a poco en el dolor que por tan largo tiempo había causado.
El sol y la luna brillaron entonces, y en los corazones de todos los hombres y mujeres
cantó el amor un himno de bienvenida para Kawsay, que gracias a la fe y el cuidado del
amor que siempre tuvieron los abuelos, había escuchado un canto de esperanza desde su
solitario destierro y había decidido regresar a su amada tierra, su dulce morada de siempre,
para llenar de Amor y Verdad a todos los seres, gestando un nuevo mundo lleno de
Armonía y Vida que duraría hasta el final de los tiempos.